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Categoría: Francia

Por Kemal Okuyan, Primer Secretario del Partido Comunista de Turquía

Las protestas comenzaron el 17 de noviembre para oponerse al aumento de impuestos sobre del combustible. Tanto el líder fascista, Marine Le Pen, como el “izquierdista” Jean-Luc Melenchon han sido vocales en respaldar las demandas de los manifestantes.

Francia ha sido inundada por chalecos amarillos; Macron está en shock.

Este tipo de brotes deben ser esperados; ciertamente vamos a ver nuevos ejemplos. El capitalismo ya no ofrece nada para la humanidad; miles de millones de personas están descontentas hoy, y tampoco sienten optimismo acerca de su futuro. Las sociedades en general piensan que “así no es como deberían ir las cosas”, pero no hay claridad sobre a dónde irán estas sociedades ni a dónde deberían ir.

Es por eso que tanto el ala derecha como el ala izquierda pueden incorporarse al movimiento de los chalecos amarillos. Por esta razón, este tipo de movimientos pueden ganar la simpatía o incluso el apoyo de facciones rivales dentro del orden burgués a pesar de sus demandas radicales o de su carácter “antisistema”.

El mundo es infeliz más no quiere avanzar por ahora. Pero solo por ahora…

En un mundo infeliz, la “derecha” se levanta contra el progreso, protege el orden existente e incluso persigue la revancha contra cualquier paso dado hacia adelante. Nadie debe ser engañado por la tendencia de la derecha, ya sea religiosa, o basada en el racismo, o con una barnizada de populismo, a expandirse una vez más sobre de un área amplia de América Latina a Europa.

En el pasado, la “extrema derecha” fue llamada a prestar sus servicios en defensa del sistema contra la revolución. La conquista del fascismo en la década de 1920, primero en Italia y luego en Alemania, fue producto de una revolución golpeada desde adentro por la socialdemocracia. El triunfo de uno se lo negaba a su contrario; cuando la revolución no tuvo éxito, significó el éxito para el fascismo.

Luego, vino una tesis que deformó la verdad, la tesis de que la coacción revolucionaria invitaba al surgimiento del fascismo se puso en marcha y una parte de la izquierda se lo creyó. ¡El futuro de la izquierda dependería de saber hacer concesiones y dejar de quererlo todo!

En este momento, el capitalismo está derribando esta tesis. Así como el argumento de que las guerras terminarían con el colapso de la Unión Soviética se ha convertido en una broma sucia después de estos años, también la arrogancia de decir que si la revolución retrocede el capitalismo puede ser manejado se ha convertido en una tontería.

Porque el capitalismo ha alcanzado sus propios límites. No tiene nada que ofrecer a la humanidad. En el momento en que la economía funciona mal, las personas comienzan a recordar que no tienen futuro, y a partir de ahí cada sociedad reacciona de acuerdo con su propio “código genético”.

Recordemos que en el siglo XIX, cuando el capitalismo aún podía actuar de manera progresiva, tanto los trabajadores como los intelectuales decentes en el mundo comenzaron a luchar para derrocarlo y reemplazarlo con un sistema social más progresivo aún. Después de un tiempo, Marx encontró una fuerte base teórica y una perspectiva para esta lucha. Por lo tanto, cada vez que el capitalismo entraba en una crisis, la “revolución” era percibida como un remedio por la sociedad; se convirtió en una opción para resolver los problemas complicados. París se sublevó con este espíritu en 1871, Rusia entró en el camino del comunismo en 1917.

El problema hoy es que la revolución no es percibida como opción, porque se abandona a gran escala. Las sociedades que tienen miedo del rumbo actual, cuando no pueden avanzar buscan la solución en volver atrás.

La derecha está aumentando, no debido a la amenaza de la revolución sino a causa de esta desesperación, y los dueños del sistema están satisfechos de que escaparon con poco daño.

¿Realmente se escaparon?

Ha habido períodos en los que las sociedades retrocedieron temporalmente debido a la incapacidad de avanzar. Esta vez, sin embargo, es grave porque la humanidad está al punto de finalmente deshacerse de las sociedades de clases. “Esta pelea es nuestra última pelea” y por eso es tan dolorosa. Ciertamente, sentirán la revolución ir por sus cuellos en un futuro no muy lejano porque no pueden superar las contradicciones del capitalismo con virar a la derecha y siendo reaccionarios.

Devlet Bahçeli [líder del partido fascista MHP] dice: “Yo también soy conservador”; él es hábil para percibir el espíritu del capitalismo hoy. Los que temen al presente pueden extrañar a los otomanos; un poco de religión, un poco de nacionalismo, es suficiente para apelar a semejante deriva. Pero no pueden resolver nada.

De hecho, el ascenso de la derecha puede dar energía al frente revolucionario en todo el mundo. Porque quedará claro que no hay vuelta atrás después de cierto punto.

El caso del movimiento de los chalecos amarillos debe ser analizado desde esta perspectiva. ¡Francia está descontenta, mas aún no puede avanzar, tampoco está dispuesta a volver atrás y, por lo tanto, atrapada! Es una situación de indecisión que contiene dentro de sí tanto las posibilidades de avanzar como de retroceder.

Los chalecos son buenos, pero en el lenguaje de la política, el amarillo no dice mucho. Dicen que Francia es testigo de un malestar social sin ideología. La ira es de hecho real, y también lo es la afirmación de “otro mundo. Pero esa afirmación es borrosa, y conforme se vuelve confusa, las masas se convierten en el plato de guarnición sobre la mesa de las tensiones del orden burgués.

Es esta Francia, un país que ha sido pionero en proporcionar el terreno para la idea del socialismo durante años y ha sido testigo de los más tremendos brotes de la clase obrera. Y cada vez que ocurre decimos, “si tan solo hubiera un Partido que supiera lo que está haciendo”. El partido de la revolución, el partido revolucionario…

Hay quienes dicen, “el chaleco amarillo incluye a todos, es mejor que la bandera roja”; incluir a todos es el talón de Aquiles de la rebelión; aquellos que no pueden definir a su enemigo están condenados a ser derrotados. El chaleco amarillo se puede ver aquí como una garantía de que el enemigo no aparece como el orden capitalista.

Pero éstas son garantías muy poco confiables puesto que el capitalismo está mucho más debilitado y dañado de lo que se cree.

Hoy en día, pueden ser chalecos amarillos lo que las personas usan; pero no están lejos los días en que se acuerden de las banderas rojas que quedaron guardadas sobre los estantes de los armarios.


Traducción: Paulina Chávez

Fuente:

El Comunista – Órgano del Comité Central del Partido Comunista de México

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