15 | 09 | 2019

Un adulto y un niño se asoman por la ventana del autobús que les lleva hasta Austria. Foto: Olga Rodríguez / eldiario.es (CC-BY-SA)Bahira es una mujer menuda, de mirada viva a pesar del cansancio. Salió hace semanas de su país, Siria. »Vivir una guerra nunca se olvida, es horrible de donde venimos, tenemos que continuar«, nos dice mientras empaqueta rápidamente sus enseres en el campamento de refugiados de la estación de tren de Budapest, donde ha vivido hacinada con miles de personas más estos últimos días.

Bahira recoge sus pertenencias porque se va. Fuera, en la calle decenas de autobuses dispuestos por las autoridades húngaras los esperan para llevarlos a la frontera austriaca.

»Nos han dicho que nos llevan a Austria. ¿Vendréis los periodistas con nosotros? Venid con nosotros por si hay problemas«, nos piden algunos refugiados, temerosos de que el destino final no sea la frontera austriaca, sino un campo. »Vais a la frontera austriaca, allí os bajáis y cruzáis andando«, les explica una voluntaria húngara mientras reparte bebidas a quienes van subiéndose a los autobuses. La operación de traslado llega después de que Austria y Alemania dieran luz verde a la llegada y el paso de los refugiados.

»¿Es esto un país europeo?«

»¿He hecho todo el camino desde Siria para que me coloquen en un campamento? ¿Es esto un país europeo? ¿Es un país europeo?«, se queja un hombre procedente de la ciudad siria de Daraa. »¿Seguro que vamos hacia Austria?«, pregunta un palestino sirio. Pero a pesar de las dudas, del cansancio y de la dureza de los días pasados, van subiendo a los autobuses, ante un enorme despliegue policial, con varias calles cortadas al tráfico y bajo la atenta mirada de un helicóptero que sobrevuela la zona.

En uno de los vehículos algunos jóvenes, iraquíes y afganos, muestran con los dedos la señal de victoria. »Seguimos adelante, rumbo a Alemania«, celebran sonrientes. »Lo hemos conseguido«. »Cuatro mil dólares nos ha costado el trayecto desde Siria hasta aquí, escapando del Daesh [Estado Islámico]«, protesta Ahmed, de la ciudad de Hasaka.

Bahira entra en uno de los primeros buses junto con su familia. Se acomodan en los asientos y los niños, muy pequeños aún, se duermen casi de inmediato. En cuestión de minutos el campamento de la estación de tren queda casi vacío, con restos de comida y pertenencias que ya no caben en las maletas. Incluso los más desconfiados terminan subiéndose a los autocares.

Pasadas las dos de la madrugada los últimos vehículos emprenden la marcha. Desde las ventanas muchos saludan. Tan solo dos horas y media después pisan suelo austriaco. Por el camino que les ha llevado hasta aquí han trabado amistades, han compartido vivencias. »Algún día le contaré a mis hijos lo que hemos vivido. Todo esto no se olvida. La guerra nunca se olvida«, nos dijo Bahira antes de subirse al bus. Una guerra no se olvida. Y la ruta hacia Europa en busca de un refugio tampoco. Ya es, en sí misma, un capítulo histórico. De su historia, de la nuestra.

La »marcha de la esperanza«

La marcha emprendida el viernes desde Budapest por cientos de refugiados, con el propósito de llegar a pie hasta Austria, colapsó la autopista húngara y mostró su empeño en no desandar el camino. Cientos de húngaros se unieron a ellos, asistiéndolos con comida, con agua, con ropa.

»Este es un hermoso gesto pacífico que explica por sí solo la lógica del ser humano buscando un lugar seguro para vivir; y todo lo demás, las políticas que se niegan a afrontar la realidad y a buscar respuestas cívicas, quedan absolutamente ridiculizadas y al descubierto ante algo tan contundente y tan humano como esta marcha«, explicaba a eldiario.es un voluntario húngaro.

Hungría es un caldo idóneo para instrumentalizar, al servicio de la xenofobia, el mayor drama humanitario registrado en Europa desde la II Guerra Mundial. Los ingredientes para ello se perciben a simple vista en este país.

Aquí en Budapest contrastan las hermosas edificaciones a orillas del Danubio, trufadas de terrazas románticas, con la enorme presencia de grupos de ultras que no han tenido reparo en mostrar en público su rechazo y desprecio hacia los refugiados. Este mismo viernes varios ultraderechistas provocaron a los refugiados lanzando bombas de humo e insultándoles.

La solidaridad de muchos húngaros contrasta con el absoluto abandono que han sufrido los refugiados por parte del gobierno húngaro, cuyo primer ministro, Víktor Orbán, integrante del Partido Popular Europeo, pretende erigirse como el salvador de »la identidad europea« frente a lo que presenta como la amenaza musulmana.

Fuente: eldiario.es (CC-BY-SA) / RedGlobe

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