Miércoles, 22. Noviembre 2017

La pasada semana, la Dirección Nacional de Alianza PAIS, máximo organismo de decisión política cuando no está convocada la Convención Nacional, tomó una decisión firme y necesaria, absolutamente legal, legítima y apegada a la normativa interna del Movimiento.

Más allá de las inasistencias consecutivas de Moreno a las reuniones de la Dirección Nacional, que motivaron la decisión unánime de la pérdida de su condición de presidente del Movimiento, su incumplimiento de las tareas propias de dicha función se evidenció a lo largo de todos estos meses en el divorcio manifiesto entre el ejercicio de gobierno y los postulados de la Revolución Ciudadana.

Frente a esta decisión legal, legítima y apegada a nuestros Estatutos, vimos el triste espectáculo de un gabinete que desde el Palacio de Gobierno, junto a ministros que ni siquiera forman parte de nuestro movimiento, en lugar de hacer anuncios de gobierno, como los avances en la construcción de viviendas o el proyecto económico urgente enviado a la Asamblea, salió a cuestionar y descalificar una medida interna de una organización política.

A Moreno el Movimiento Alianza PAIS le resulta un cuerpo extraño, algo profundamente ajeno. Es lo que ha dado a entender reiteradamente para deleite del “anticorreísmo” con sus humoradas aparentemente inocentes, pero cargadas de desidia, resentimiento y cálculo político. No sólo parece no haber querido asumir la presidencia de Alianza PAIS, sino que en lo que va de mayo a esta parte se ha dedicado a menoscabar, desacreditar y poner en entredicho la esencia de la Revolución Ciudadana: su legado, sus batallas y obras emblemáticas, a sus militantes, a su líder histórico. Con la gravedad adicional de que lo ha hecho siguiendo punto por punto el trillado discurso de la derecha que todos estos años fue opositora y que solapadamente, primero, y luego de una forma cada vez más abierta y altanera hemos visto convertirse en oficialismo.

Lo hemos dicho ya en reiteradas ocasiones. No se trataba de expresiones vertidas al calor de las tensiones emocionales propias de una disputa entre personas. Las palabras y los gestos “anticorreístas” de Moreno fueron cuidadosamente estudiados y lanzados al ruedo como parte de un guión establecido mucho antes de asumir el gobierno.

Ese guión “antiovejuno” y esos gestos que sorprendieron gratamente al establishment son parte de una operación mayor, con la que Moreno se dispuso a liderar un viraje conservador, que vaya a saber si verdaderamente él conduce.

La operación se sostiene en acuerdos bajo la mesa que ahora empiezan a salir a la luz en boca de sus propios protagonistas. Se trata de un gran pacto con la partidocracia neoliberal y con los viejos factores de poder, es decir, con los antagonistas históricos de la Revolución Ciudadana.

En el nuevo escenario provocado por el entorno de Moreno, la ruptura del bloque mayoritario en la Asamblea Nacional es prioridad. Claro que hay un puñado de morenistas espontáneos, pero para alinear a la mayor cantidad posible de asambleístas de su lado, el entorno de Moreno no ha dudado en recurrir a los clásicos mecanismos de presión y reparto de favores que hundieron en el descrédito al viejo Congreso.

Es triste, pero Lenín Moreno ha perdido una oportunidad histórica: la de consolidar un proceso que impulsó las transformaciones políticas y sociales más trascendentes en la vida de los ecuatorianos. Ha perdido la oportunidad que le dio la historia de cuidar ese legado y de corregir lo necesario para resguardar la esencia del proyecto político que lo llevó a la presidencia: su historia, su identidad, sus horizontes.

Con la impostura de Moreno y su entorno, la partidocracia neoliberal y los factores de poder tradicionales se tomaron el Gobierno para bajarse nuestro programa, conseguir la proscripción de Rafael Correa y liquidar a la Revolución Ciudadana. Ahora se quieren tomar también el Movimiento. Quieren anexar a la principal fuerza política y electoral del Ecuador, bastión de la Revolución Ciudadana, y convertirla en engranaje de la restauración conservadora o, al menos, debilitarla en su capacidad de resistir a esa recomposición del poder de las élites.

Pueden tener éxito en el corto plazo, los titulares de prensa les van a sonreír y convertirán un problema interno de una organización política en una telenovela de consumo nacional para desprestigiar y descalificar nuestra posición de defensa de la Revolución Ciudadana. Pueden tener incluso el favor de una mayoría electoral circunstancial, aupada por el nuevo clima de época celebrado al unísono por el coro mediático.

Digámoslo con toda claridad: el Frente por el Sí a la Consulta es la cara bonita de la restauración de la partidocracia. Recordémoslos, porque allí están los rostros más visibles del país quebrado, del país neoliberal que le daba las espaldas a su pueblo, a sus mayorías. El Frente por el Sí a la Consulta es la expresión edulcorada del golpe cuántico.

Nosotros, leales al proyecto político de la Revolución Ciudadana, firmes en nuestras convicciones, sin importar cálculos efímeros ni conveniencias, no podemos equivocarnos. Porque Alianza PAIS puede y debe constituirse en vértice de fortalecimiento y regeneración del polo de izquierda, progresista y latinoamericanista necesario para dar las batallas que vienen. Al gran pacto de los de siempre, a la maniobra de Moreno, Lasso, Nebot, Gutiérrez y Bucaram, el Movimiento Alianza PAIS tiene que responder con coherencia y convicción: ¡Con Rafael Correa y la Revolución!

La historia nos enseña que dentro de los grandes movimientos populares de América Latina los sectores que apostaron por romper con su línea histórica, desconociendo a las figuras de sus máximos líderes y, sobre todo, a lo que ellas representan, no prosperaron más allá del corto plazo y de coyunturas específicas. En Argentina, el peronismo histórico prevaleció, a la larga, frente a los intentos de sectores que promovían lo que se dio en llamar “peronismo sin Perón”.

En México, los pactos con la derecha condujeron al Partido de la Revolución Democrática (PRD) -otrora referente de izquierda- a la ruina política y electoral. So pretexto de construir un partido sin “dueño”, sin “caudillo”, los dirigentes del PRD traicionaron a Andrés Manuel López Obrador, quien optó por construir MORENA, una fuerza política propia, un partido de izquierda auténtico que hoy encabeza todas las encuestas rumbo a las elecciones presidenciales del próximo año.

Recientemente vimos, en las elecciones parlamentarias argentinas, el rotundo fracaso de quienes desde el peronismo apostaron por desconocer el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. No se trata de figuras providenciales, ni de imposiciones arbitrarias, se trata de liderazgos auténticos cuya naturaleza es preciso entender. La historia nos muestra que la coherencia con las banderas históricas de una fuerza política y la lealtad a su liderazgo suelen ir de la mano. Sospechemos siempre de quienes diciéndose parte de nuestro mismo espacio político, bajo la apariencia de la necesidad de autocrítica, reproducen el discurso de nuestros antagonistas y se lanzan a atacar a nuestros líderes, mientras los celebran la oligarquía, la gran prensa y todos los aparatos de poder.

Caminamos hacia una convención nacional. En los próximos días y semanas se juega el destino de Alianza PAIS como movimiento político: o somos una fuerza de izquierda, progresista, popular, latinoamericanista, alineada al interés de las grandes mayorías, o nos convierten en apéndice de la partidocracia.

Algunos lamentablemente elegirán estar donde el sol calienta: tienen espíritu de burócratas, conformistas, carreristas de la política. Pero estoy segura de que seremos muchos más quienes seguiremos la línea histórica, auténtica, la línea de coherencia con el proyecto político que abrazamos. Estoy convencida de que la verdadera militancia está y estará donde tiene que estar: en las buenas y en las malas, siempre defendiendo la auténtica Revolución Ciudadana.

Fuente: cubainformacion.tv / RedGlobe

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